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miércoles, 22 de agosto de 2012

Encuentros en la primera fase

El verano, el maldito verano y ese infernal calor que no deja dormir por las noches me hacen tener unos horarios de los más variopintos. Normalmente programo mis "vacaciones" fuera de esta sauna llamada capital y abandono el asfalto por el verdor del norte con un clima mucho más agradecido y en concordancia con mi carácter: gris y cambiante.
Como todo hijo de vecino y sumándome al borreguismo que impera en estos días, huyo a cualquier lugar con aire acondicionado aunque algunas veces sea como entrar en el polo norte (véase el metro) Uno de esos días soporíferos me decidí dar una vuelta por un museo (no citaré cual) No soy asidua pero al ser día de diario y que tenía una entrada gratis decidí aprovecharla para no vegetar entre el sofá, la cama y la bañera.
Entre cuadros y vitrinas y algún que otro turista me encontré algo bastante inverosímil en estos días que corren: una carta. Y no una carta cualquiera, una serie de hojas arrancadas de un cuaderno y escrita a mano. No se si era parte de alguna especie de "obra de arte vintage" o una cámara oculta pero me pudo la curiosidad y el hecho de que estaba tremendamente aburrida.

Estoy aquí esperando a nadie en particular y alguien en concreto. Ese momento que nunca ocurrirá o cuando lo haga ya no tendrá importancia. Aquí estoy sentada en un rincón, en una sala vacía llena de obras de arte que nadie observa con el murmullo de los aires acondicionados y pasos lejanos de gente que va y viene. El tiempo pasa pero no se percibe. Por eso trato de no estar sola, por eso trato de estar ocupada, por eso intento pasar el menos tiempo posible sola con mis pensamientos, todo se me agolpa. Ese momento antes de dormir, tumbada mirando a la nada, vienen los recuerdos como susurros y mientras intento quedarme dormida se cuelan en mi cerebro. Siempre la misma historia, siempre el mismo final y siempre vuelvo a hacerlo. 

El comienzo es simple: elijo. Una vez está hecha le elección comienza la función. Una risa, una mirada, indirectas y más risas. El lenguaje corporal habla por sí solo. Se alarga lo suficiente para crear expectación y se acorta en el momento apropiado para que no harte. Resulta refrescante, como la intriga de abrir un regalo y que será finalmente. La pequeña ilusión que llegas a rozar porque es la novedad porque no lo conoces porque no sabes que te puede deparar. Una pequeña aventura que te pone una sonrisa en la cara.

Cuando das el siguiente paso ya sabes que no hay vuelta atrás, que la primera fase está cumplida. A veces eres tú o no aunque siempre es más interesante cuando el primer paso lo da la otra persona. Estas esperando, das señales para que no espantar pero tampoco muy evidentes y así mantener el juego de "¿primero tú o yo?”... Siempre acaba siendo él para qué nos vamos a engañar. Al fin y al cabo es como una prueba.

No hace falta decir a lo que conduce. No es necesario dar detalles porque lo importante no es ni el momento previo ni el durante, es el después. Esos recuerdos que vuelven sigilosos a colarse en tu mente para hacerte volver a la cruda realidad: has vuelto a perder el tiempo. Ya sabes que esto no te conduce a nada, a un rato y ya está ¿Para qué insistir si no sientes nada? Te pones en la punta de la cama para que no te toquen, te vas al sofá a dormir con tal de no aguantar su aliento en tu nuca y rehúyes por todos los medios una caricia que no viene a cuento en un instante tan inadecuado. Reconócelo solo lo haces por la primera fase, la novedad, el flirteo y el jueguecito de miradas; el resto es una triste consecuencia.

Durante la noche y mientras duerme te vas al baño y te miras al espejo buscando respuestas. La sabes perfectamente, sabes porqué y cuándo fue, sabes el instante exacto y lo puedes rememorar a cámara lenta en tu mente: bajando las escaleras, cogidos de la mano y cuando el vagabundo no miraba te soltó y en ese mismo momento te diste cuenta que no volverías a sentir absolutamente nada.

No te equivocabas, dentro de ti lo sabías, la distancia ya estaba haciendo estragos, no por tu parte, tú no tienes la culpa, nadie puede echarte la culpa por haber dado todo a cambio de nada. Pero se llevó algo más de ti que no recuperaste y por más que lo buscas no está porque ya no hay nada, NADA. 

Da igual, pasarán unos días y volverás a hacer lo mismo una y otra vez hasta que llegue un día que ni las miradas, ni las risas, ni las indirectas te provoquen nada. Todo está negro y vacío.

Dejas de mirarte al espejo, apagas la luz y finalmente vuelves a la cama al lado de un extraño que no te importa y que lo único que deseas es que se largue. Total ya te ha servido para tu propósito.

¿Cuánto puede aguantar una persona echando de menos un sentimiento que no volverá? No, no volverá porque está asociado intrínsecamente a alguien que jamás pensó en ti como lo haces tú. No haría lo mismo que harías tú, no se sacrificaría como harías tú y no te recuerda cada noche como lo haces tú. Esta es tu prisión y tu misma has tirado la llave fuera de tu alcance y empuñarás sus barrotes hasta que la edad y la costumbre los acepten y toda opción al valor ceda al recuerdo y al deseo. Nadie te va a salvar, nadie.

¿Sabéis lo que hice con la carta? Encender lumbre en el pueblo.

Buenas noches.

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